Las nubes se vislumbran en el horizonte, un paraje desolado que no ayuda a mejorar mi estado de ánimo. El silencio solo se ve interrumpido por pequeñas ráfagas de viento que agitan las ramas de los árboles. Estoy de pie, quieta y sin saber que hacer. La gente pasa a mi alrededor, absortos en su vidas, sin tiempo para pensar en los demás. Ni pararse a preguntar si esa sonrisa demuestra tu felicidad o simplemente es para ocultar la tristeza que sientes en tu corazón. Pero aún así, sigo allí, parada en medio de la nada, esperando una señal. Pero he descubierto que nunca llegara y que soy yo la que debe dar el paso, que nadie lo hará por mí. El problema es que nunca he sido buena tomando decisiones, y esta vez no será distinto. Por eso tengo miedo a equivocarme, pero la vida está pensada para eso, para tomar decisiones incorrectas y aprender de ellas. Al menos eso suelen decir, y en el momento de la verdad nos echamos atrás. Las nubes cada vez se tornan más grises, el tiempo se ha puesto de acuerdo con mis sentimientos. La tormenta no ha hecho más que empezar, y no veo el momento de que termine. Las finas gotas de lluvias, casi invisibles al ojo humano, caen sobre mí. Mi pelo empieza a mojarse, mis ropas están empapadas pero no soy capaz de encontrar cobijo. Las lágrimas surcan mi rostro, emanando sentimientos que no soy capaz de expresar. Y cuándo todo parece estar perdido, la persona que de verdad se preocupa por ti, aparece sin ser llamada. Trae un abrigo y te protege del frío, después abre el paraguas y te cubre de la lluvia. Y con solo unas palabras te ayuda a tomar la decisión correcta: "Sigue el camino que te haga feliz, no importa si es el acertado al ojo de los demás". En ese momento sabes que te apoyara en todo lo que hagas y tienes la confianza suficiente para saltar al vacío sin miedo a fracasar.