jueves, 16 de febrero de 2012

Cuándo la guerra comienza todos los vínculos desaparecen, no hay amigos, no hay familiares ni vecinos. Simplemente queda el instinto de supervivencia del prójimo que ha sido forzado partir al campo de batalla. Para luchar en un conflicto que no es el suyo y morir por una causa que no profesa.



El cálido sol de la mañana se ve cargado por el humo de las granadas. Un silencio aterrador lo cubre todo, el único sonido que puedes escuchar es el repiquetear de los casquillos que caen al suelo. El tiempo pasa con dilación, mientras te diriges a tu terrible final. Un soldado corre hasta el frente enemigo, su corazón está atormentado pero en su mente no hay lugar para la compasión. Las lágrimas por los caídos quedan encubiertas por el sudor. El cansancio acumulado se percibe en todos sus movimientos. Un compañero lo alcanza, su rostro está igual de demacrado, con una sonrisa intenta quitarle importancia a la situación en la que se encuentran. Saben que el final de la guerra esta cerca y rezan cada noche por poder atisbar ese desenlace. No pueden demostrar su debilidad frente al enemigo, ni entrar en una contienda sin la voluntad de ganarla.
Pronto su sonrisa se desvanece, sus manos se dirigen a su tórax del cuál la sangre mana. El compañero que corría a su lado se detiene instintivamente, pone su vida en peligro para ayudar al caído. Se arrodilla a su lado y con las manos presiona su herida. Murmura unas tranquilizadoras palabras pero el herido quiere saber en que estado se encuentra. No vivirá para contarlo, y su muerte, al igual que todas las demás, no servirá para nada. La guerra no puede ganarla una sola persona, y aquel que lo crea está muy equivocado.

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